Los pilotos de altura

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—He presenciado ataques, en el alba, a los poblados enemigos; esto nunca lo había visto —dijo Chimista—. Esos ataques son muy curiosos; hay pueblos que tienen la costumbre de amilanarse y no se saben defender. Los rodean los pueblos contrarios, comienzan los tiros y los flechazos y van cazando [a] hombres y mujeres como quien caza conejos.

—¿Y no han encontrado algún medio de defenderse o, por lo menos, de tener un poco de valor? —le pregunté yo.

—Sin duda, no lo han encontrado. Cuando se espera una epidemia o un ataque de enemigos, esta gente sacrifica cabras y corderos y embadurna con su sangre las puertas de la aldea. La sangre de animales sustituye a la de los niños, que antes mataban los mumbos jumbos africanos. Estos, en su comienzo, eran hombres enmascarados, como el que hemos visto, que iban de casa en casa degollando niños, y pasaban por dioses o mensajeros divinos, encargados de buscar víctimas propiciatorias.

—Es raro que todos los dioses, en todas las religiones, para imponerse, tengan que hacer daño —dije yo.

—Hay una razón —contestó Chimista.

—¿Cuál?

—La razón es que los dioses no son más que la sombra de los hombres. Los hombres son malos e injustos; los dioses tienen que serlo.


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