Los pilotos de altura
Los pilotos de altura ENCUENTRO CON CHIMISTA
SE ENCONTRABA LA BARCA ESPAÑOLA MOSCA en el muelle de La Habana con destino a un puerto de los Estados Unidos, y sin piloto; me presenté yo y me admitieron. Llevaba la barca de capitán a José Chimista, joven de mi mismo pueblo. Al principio no nos reconocimos; pero al empezar a hablar caímos en la cuenta de quiénes éramos el uno y el otro. Él se acordaba perfectamente de mí y de mi familia; yo únicamente recordaba de él su gran fama de calavera.
En el mismo barco iban de marineros Tricu y Chispín Cigardi, los dos de mi pueblo y antiguos compañeros de la infancia de Chimista. Celebramos el encontrarnos juntos cuatro paisanos y convecinos.
Chimista contaría entonces cuatro o cinco años más que yo: unos veintitrés; era hombre delgado, huesudo y ágil, de osamenta fuerte. Tenía un perfil aristocrático; una efigie para moneda: la nariz como un tajamar, la mirada atrevida y segura, la barba un poco cuadrada. Era un buen muchacho en la intimidad, aunque muy amigo de bromas y de farsas. Solía llevar una barba postiza de color de fuego, y en algunos puntos se presentaba siempre con ella, lo que hacía que le llamaran Barbarroja, y los vascos Bizargorri.