El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡Ah! Es que al maestro lo mantienen los hombres, mientras que al cura lo mantienen las mujeres. A uno se le cumple a regañadientes su miserable tarifa; para el otro no hay tarifas, y los esfuerzos del señor obispo se estrellarán contra la inagotable piedad femenina. Esas heroicas esclavas han puesto en la misericordia celestial todas sus esperanzas —¿dónde las iban a poner?— y ningún sacrificio les parecerá grande si se trata de conservar las amistades con la Virgen, los santos y el hijo de Dios. El hombre hasta cuando ama, es práctico y luchador; prevé y mide; mal convencido, en lo que acierta, de las ventajas de la instrucción, no se enternece demasiado ante la palidez y la melancolÃa del maestro. En cambio la mujer, apenas ama, ama como madre, y todo está dicho. Cierra los ojos a las calaveradas del cura; los abre llenos de confianza, cuando el sacerdote recobra su carácter sagrado, y repite en nombre de Cristo las inmortales, las únicas palabras de consuelo. Y la mujer se complace maternalmente —¡Oh Dolorosa!— en los carrillos redondos del cura, en su jovialidad y rÃe con él, risa cándida, leve, pronto retenida, de niña seria. Y para el cura será la gallina más gorda, el más rico vaso de leche, y el montoncito de pesos reunido en largos meses de frÃo y de sol, a fuerza de caminar con los pies descalzos por los senderos que no acaban nunca.