El dolor paraguayo

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LOS NIÑOS TRISTES

Era en la plaza de un pueblo —cualquier pueblo de la campaña—. El día era hermoso; un sol radiante, una ligera brisa que refrescaba la piel acariciándola. Dieron las once y se abrieron las puertas de la escuela y salieron los niños. Los había de diversas edades: algunos hacía poco que sabían andar, otros parecían hombrecitos. Eran muchos. Iban en pequeños grupos; la mayor parte por parejas; unos pocos descarriados. Habían pasado tres horas sentados, inmóviles, mortificándose con las estupideces severas de los libros de texto. Salían silenciosos, cabizbajos. No corrían, no saltaban, no jugaban, no hacían ninguna diablura. El césped suave, amplio, no les sugería ninguna cabriola, ninguna carrera feliz de animales jóvenes. La campana de la iglesia dejaba colgar la cuerda basta el suelo. Ninguno tocó la campana. Estaban serios. Estaban tristes.

Tristes… Y tristes todos los días. Desde aquella mañana me he fijado en los niños paraguayos, niños graves que no ríen ni lloran. ¿Habéis visto llorar a los niños dichosos? Llanto bullicioso, trompeteo potente, llanto a medias fingido, deliciosamente despótico, que adivina los exagerados mimos de la madre y los exige y sabe que triunfa y es mitad llamo y mitad carcajada, grito de salud que regocija. Me consolaría oír ese llanto en los campos, en vez de fúnebre silencio.


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