El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Creo ver todavía, sobre la arena caliente, el cuerpecito yerto y la lívida patita quebrada que de rodilla abajo aparecía desnuda, y los humildes pies descalzos, que no caminarían más, que pronto dormirían bajo la tierra hermana. Y al lado, la cabecita sangrienta, metida en un sombrero viejísimo, sin forma, por cuyos agujeros asomaban dos o tres bucles morenos, vivos y brillantes aún. Una mujer piadosa —la eterna Verónica— cubrió aquella miseria con un lienzo blanco y puro como la nieve. Habían avisado al jefe político y bajo sus órdenes cargaron los marchitos restos en un carro cualquiera. Un peón llevó la cabeza del niño en el raído sombrero. Entonces noté con espanto que al jefe le hacía gracia.

¡Oh innumerables niños tristes! Consagrémonos a hacer brotar la santa, la loca risa en sus labios rojos y nos salvaremos. Perdamos nosotros toda esperanza, con tal de que en los niños resplandezca. Evitemos que algunos se sientan en tal extremo rendidos a la pesadumbre de la fatalidad, que se duerman abandonados en medio del camino de la muerte y no la oigan venir.





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