El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Entro y me aproximo a una de las ventanillas como el penitente a la celosía del confesionario, y con los ojos suplicantes y la voz temblorosa del que va a recibir el inmenso favor de que le presten, con absoluta garantía, al 24%, expongo mi caso.

—¿Es usted accionista? —me pregunta el padre confesor.

—No, señor, usted perdone.

—Tiene que comprar treinta acciones.

—¡Treinta acciones!

—Pero este mes no abona más que tres acciones. Además del 2% hay un 8% de depósito. Además.

—Usted dispense. Tenga la amabilidad de decirme ¿cuánto me cobra por los 300 pesos que el tesorero de mi oficina le va a entregar dentro de ocho días?

—Sí, señor. (Cálculos rápidos) 69 pesos. (!!!).

Yo.—(Mareado) ¿Y aún debo… 27 acciones?

Él.—Efectivamente.

Yo.—Permítame retirarme… No me siento bien. (Mirada indignada del financista).

Aturdido, me arrastro hasta el compañero que me envió a semejante emboscada. Me mira y se ríe.

—Resultado: me sacan 69 pesos y debo 27 acciones, articulo penosamente.

—¿Y qué más quieres que ser accionista? Nunca las habrás visto más gordas.


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