El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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¿Quién intentará curar, consolar a los que lo perdieron todo: fe en el trabajo, poesía setena del bogar, poesía ardiente de una ternura que elige, sueña y canta? ¿Quién confortará a los que aún no rompieron en llamo y en ira? ¿Quién tendrá bastante constancia para combatir los fantasmas fatídicos, bastante piedad y respeto al tocar las raíces sangrientas del mal, bastante paciencia para despertar las mentes asombradas, bastante dulzura para atraerse las criaturas enfermas? Universitarios que proyectáis regeneraciones, retóricos del sacrificio, abandonad esa colmena central y dispersaos por los modestos rincones de vuestro país, no para chupar sus jugos a los cálices ingenuos, sino para distribuir la miel de vuestra fraternidad. Talentos generosos prosperad todavía; haceos maestritos de escuela, curitas de aldea; acudid a la simple faena cuotidiana y en las tardes transparentes, a la vuelta del surco, hablad al oído a vuestros hermanos que sufren, que sufren tanto ¡que no saben que sufren! Pero si no hay amor en vosotros quedaos en lo colmena y dedicaos a la política. Vuestra solicitud sería la postrera y peor de las plagas. ¿He escrito política? Había olvidado —¡perdón!—, había olvidado la política. Había olvidado el recurso feliz, el emplasto de Diarios oficiales, la cataplasma oratoria. Había olvidado la farmacopea parlamentaria. Hemos progresado en religión: de muchos dioses hemos pasado a uno y estamos en vías de pasar de uno a cero. Nuestro poder terrestre ha progresado a la inversa: del tirano hemos pasado a la cuadrilla. El tirano, malo o bueno, representaba a Dios; no se suponga que la cuadrilla representa algún travieso y despreocupado Olimpo. Representa el pueblo; sí, pastores taciturnos, hay unos cuantos alegres señores que os representan. Tal vez no lo creáis; tal vez Dios no se haya creído representado nunca por Juana la Loca o por Carlos el Gordo. Ni Dios ha bajado todavía de las alturas a explicarse, ni tú, paciente pueblo, subirás de las honduras a explicarte. Desearías entender lo que sucede en las cámaras, mas el mecanismo administrativo es tan maravilloso, tan complicado, que los discursos elocuentes llegan a tus espaldas transformados en el rebenque del cabecilla, Y tú, penosamente, te encoges de hombros…


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