El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Son ellas las que afrontan, indefensas, la dura realidad. Son ellas, heroicas, las que despiertan la fecundidad de los campos, las que preparan lo indispensable a la vida, el pedazo de pan, el jarro de leche, la legumbre y la fruta; las que hilan y tejen y cosen; las que tienden al dueño de su alma el limpio lecho, y no se atreven a despertarle, y le espantan las moscas. Hambre, dolor, incertidumbre, soledad, guardan todo lo malo para ellas. Placer, orgullo, mesa y techo y ropa seguros y algún dinerito para divertirse, todo lo bueno lo reservan para ellos, hijos, hermanos, esposos. Pero en verdad que son tan sólo hijos suyos y hasta la muerte. En verdad que estas mujeres amamantan a su patria.
Y a ellos, taciturnos de enfermo espíritu, turbados aún por las visiones del desastre, condenados a la esclavitud tradicional de la política, a ellos no se les inventa otra medicina que el oro sellado. ¿Quién pensará que en cuanto se establezca el nuevo mostrador y circulen nuevos billetitos de lotería desaparecerán el escepticismo, la debilidad orgánica y los vicios sociales? ¿Quién pensará que mediante este préstamo inesperado el hijo pródigo se pondrá a trabajar con furia? Se pretende remediar la bancarrota con más deudas, y apagar con leña el incendio. ¿Quién dudará del resultado?