El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Si en nuestro poder estuviera inspirar el desprecio hacia el oro, sellado con la codicia de los mercaderes y encender el afán del trabajo, afán de libertad y de paz; si pudiéramos alejar de la quimera política a los ciudadanos útiles, si consiguiéramos siquiera llevar un poco de confianza, un poco de júbilo sano a los corazones de los niños silenciosos, y aliviar a las madres la formidable carga que las agobia, ¡qué revolución inmensa! Pero no nos es dable sino gritar a ciegas el deseo obstinado de una suerte mejor; tal vez el destino nos escucha.
Ese millón, que es a lo que se reducen, después de pinchar la vejiga de la jerga financista, los famosos veinte millones del primer momento, nos hubiera hecho mucho bien, importado de otro modo. Figuráosle traído por diez mil familias de honrados operarios agricultores o industriales, diez mil simientes, caída del cielo con su menuda provisión de fécula cada una para su nutrición inmediata, diez mil hogares, núcleos directores de las costumbres futuras. Sueño irrealizable; entre nosotros y el mar están las estepas argentinas, capaces de tragarse media Europa. Son el vehículo del millón unos cuantos especuladores y ese es el mal. Hay quien se queja de que sea tan poco dinero. Yo me felicito: ¡ojalá fuera la cuarta parte!
[El Diario, 18 de Diciembre de 1907]