El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Son cómicas las lamentaciones del gringo industrial, exproletario que viene a hacer la América. «¡Qué gente!, exclama uno de ellos. Es inútil pagarles mejor. No les importa el dinero. No les entiendo, le juro a usted. Yo he decidido pagarles el mínimo. Es la única manera de conseguir algo. He calculado lo que necesitan estrictamente para no morirse de hambre; tres pesos. Con este jornal no tienen otro remedio que ir a la fábrica todos los días. Antes les pagaba seis pesos, y de cada dos días no trabajaban más que uno. El otro dormían y me reventaban. Además es preciso el rebenque. Yo me arreglo con el jefe político. Al que me fastidia lo lleva preso inmediatamente y se le acaricia la piel. Con el boliche que he puesto al lado de la fábrica voy aguantando. Allí los domingos se cierra. Quiero decir que no se bebe en el establecimiento. Se vende la caña en botellas; que se emborrachen en casa. El que falta el lunes ya sabe lo que le espera: encerrona y paliza».

Otro aspecto de las lamentaciones:

«Lo malo es que las mujeres lo hacen todo; les alimentan y les cuidan a estos vagos. ¿Usted cree que los domina? Pues no. A lo mejor se marchan, le dejan plantado. ¡Claro! Les aguarda la china con el puchero listo. ¡Ay!, no cuidan de los intereses del patrón, no le toman cariño a uno».


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