El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡Obrero! No han pasado en vano los siglos, puesto que puedo pronunciar este nombre con orgullo. Antes un obrero que no era un esclavo o un lacayo era una excepción casi increíble y hasta cierto punto criminal. Hoy vemos ya claramente que es una iniquidad y un absurdo que la mayor parte de los obreros sigan siendo esclavos y lacayos. Obrero no quiere decir esclavo; quiere decir creador. Todo lo han hecho, todo lo han creado los de nuestra raza, los que vivieron con la herramienta al puño, azadón, cincel o pluma; los siempre miserables, siempre fatigados del áspero camino, siempre abrumados por la indiferencia del ciclo y la crueldad del prójimo, siempre empujados por la grandeza oculta de lo que hacían; los que empaparon el lodo de sudor y de sangre; los que, bajo el látigo, arañaron y mordieron y cavaron de las entrañas del suelo, no una oscura madriguera para esconder su desnudez, sino la magnífica vivienda futura de la humanidad. Tenemos por fin conciencia de que todo está inmóvil y muerto menos nosotros; de que solamente nosotros llevamos el mundo sobre nuestras espaldas.