El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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¿A qué indignarse contra los apacibles capitalistas especie de cheques ambulantes? Indignémonos contra el propietario. Él es el usurpador. Él es el parásito. Él es el intruso. La tierra es para todos los hombres, y cada uno debe ser rico en la medida de su trabajo. Las riquezas naturales, el agua, el sol, la tierra pertenecen a todos. Apodérese de la tierra el que la fecunde; así nos apoderamos de la mujer. Goce de la tierra el hombre en proporción de su esfuerzo. Recoja la cosecha el que la sembró y la regó con el sudor de su frente, y la veló con sus cuidados. Y todo nuestro poder ¿qué es sino cosecha? Todo surge de la tierra y nosotros mismos somos tierra. Parecidamente al vapor que desprendido de los mares, errante por la atmósfera, cuajado de los espacios sobre la frialdad de los altos montes baja hecho nieve y fuente y ríos hasta sepultarse otra vez en el Océano para tornar a evaporarse, una maravillosa circulación de vida se cumple entre la tierra y nosotros por mediación de las plantas; nutridos de los jugos que ellas elaboran con las sustancias de la tierra, devolvemos a la tierra nuestros cuerpos para que transformados de nuevo alimenten las generaciones futuras. Hijos de la tierra, sentimos que poseerla sin trabajarla, es decir, sin acariciarla y servirla; dejarla estéril, rodeada de un cerco, para especular con ella y enriquecerse así en la holganza, es un acto sacrílego y salvaje que desmoraliza más a los verdugos que a las víctimas. Tened por seguro que cuanta crisis económica se declara en los pueblos, aumentando más todavía la opresión y el desaliento general, no reconoce otra causa que estas especulaciones esencialmente culpables. Emancipemos la tierra, con sus gemas y metales escondidos y selvas y bosques y jardines, sustentadora de cuanto alienta, fuente de inmortalidad. Es necesario que los que pensamos en algo que no es presente, pero que lo será, y esperamos en las realidades que se acercan y miramos hacia la aurora próxima y la cantamos cuando aún es de noche, defendamos la tierra. Defenderla es defender la felicidad de nuestros hijos. No toleremos que un zángano, a quien bastarán seis pies de sepultura, necesite leguas y leguas para extender cuando vivo su ociosidad, más dañosa que la de los muertos. Los que viven sin trabajar no son hermanos nuestros; antes lo son las abejas y las hormigas y el pájaro que teje su frágil nido. Los que viven sin trabajar no existen; no son hombres, son sombras. No toleremos que nos aprisionen las sombras. No toleremos que la tierra, en cuya faz venerable hemos esculpido nuestra estupenda historia, sea de quien no la merece. Luchemos por conseguir que cada hombre, al nacer, encuentre su parte de herencia natural, la parte de tierra a que tiene derecho. Luchemos por conseguir que la tierra sea de quien la trabaja y que no haya otra riqueza que la del trabajo. Me diréis que esto es de sentido común. Pero no hay nada más revolucionario, más anarquista que el sentido común.


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