El dolor paraguayo
El dolor paraguayo No, no es el capital el enemigo; no es el capital a donde hay que volver la vista, ni a la caridad de nuestros semejantes, ni a la ciencia, cortesana del oro y de las armas, insensible mecanismo a la disposición de todas las tiranías. No son el interés ni los salarios los que absorben la enorme cantidad de riqueza que los trabajadores vuelcan cada día sobre el mundo, riqueza suficiente para una humanidad diez veces más populosa y más refinada, sino la renta de la tierra. La renta es el vampiro formidable y único. El propietario es el que todo lo roba, reduciendo a la última extremidad al trabajo y a todo lo que representa trabajo. Es que la tierra es lo fundamental: sin la tierra no hay nada. El dueño de la tierra es el que impone la ley; él, y sólo él, es el déspota invencible. En el centro de París, donde os repito que el capital no vale gran cosa, y donde es tan hacedero morirse de no comer, encontraréis que un metro cuadrado de terreno cuesta una fortuna. Lo mismo ocurre en todos los distritos de alta civilización. ¿Por qué los capitales prosperan en los estados pocos civilizados de América; de Sud África, de Australia? ¿Por qué en ellos viven con más desahogo los trabajadores? Sencillamente porque las tierras son baratas, porque hay muchas tierras, porque aún quedan tierras. Se habla con asombro de la raza yankee. ¡Qué raza! Tierras y más tierras. ¡Bonita está la famosa raza donde el propietario empieza a sacar el jugo a la tierra y a los que trabajan la tierra! Hay que contemplar la célebre raza de los barrios sórdidos de Nueva York, No se diferencian, no, los espectros neoyorquinos de los londinenses, ni de los andaluces, ni de los sicilianos. Son siempre los espectros del hambre. ¿Y acaso los fundadores de la portentosa potencia actual de los Estados Unidos no fueron en gran parte los irlandeses, los mismos esclavos que a duras penas, después de quince horas de tarea infame, conseguían un puñado de patatas? ¿Esclavos? Los irlandeses del 40 hubieran pedido, hubieran suplicado serlo. Un esclavo valía una cierta suma, pero un irlandés, uno de los ocho millones de hambrientos sometidos a la rapacidad de los propietarios británicos, no valía nada. Atarle al yugo costaba menos que dar pienso a un caballo, Y ¡vive Dios!, que si hubieran sido ocho millones de norteamericanos los tratados así, en lugar de ocho millones de irlandeses, el resultado hubiera sido igual.