El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Pero el capital no es el enemigo, y en esto desearÃa fijar vuestra atención. El capital, es decir, el elemento de cambio y de tráfico, las instalaciones industriales, los depósitos y la maquinaria, no es más que trabajo acumulado; por lo mismo correrá la suerte del trabajo. Estad ciertos de que donde el salario es intolerablemente exiguo, el interés del capital lo será también; donde el salario se eleva, el interés se eleva. Abrid los ojos, id a las cumbres de la civilización, a las grandes ciudades europeas y norteamericanas. Veréis que allà el capital no produce casi nada y que el obrero apenas consigue lo estrictamente preciso para no sucumbir enseguida. En los paÃses sin saquear aún, los intereses son buenos y los salarios también. La existencia es fácil y por lo tanto digna. No se insulta a la condición humana con la degradación del obrero mendigo. Pero dejad que nos civilicemos, dejad que progresemos; ya vendrán, arriba el lujo feroz, abajo la miseria y el crimen. Ya se repetirán las escenas dantescas de Chicago y de Londres; los vagabundos delirantes se romperán el cráneo contra los muros de los palacios. Tendremos la vanidad de contar, como Nueva York, treinta suicidios en un dÃa. Los intereses bajarán constantemente hasta el 3, hasta el 2 por ciento anual; y los siervos cuya labor es más terrible y más necesaria, serán precisamente los más torturados; perecerán de inanición, de podredumbre y de congoja en rincones inmundos, donde nadie llega a la vejez y donde los niños nacen viejos, o nacen difuntos, donde el amor se hace grotesco y vil, donde la mujer, vaso de elección, sonrisa del destino, se convierte en un animal idiota que al engendrar la vida no engendra más que el sufrimiento. ¿Para qué intentar otra distribución de dinero? Cambiará de bolsillo, pero no de leyes, habremos removido la masa del dolor social sin disminuirla en un ápice.