El dolor paraguayo
El dolor paraguayo He oído decir mil veces, como habéis oído vosotros, que tal huelga es justa y tal injusta. Yo nunca he entendido semejante frase: «huelga injusta». Todas las huelgas son justas, porque todos los hombres y todas las colecciones de hombres tienen el derecho de declararse en huelga. Lo contrario de esto sería la esclavitud. Sería monstruoso que los que trabajan tuvieran la obligación de trabajar siempre. Sería monstruoso que la infernal labor de los pobres tuviera que ser perpetua, para hacer perpetua la huelga de los ricos. Yo sé que ha sido negado mucho tiempo este derecho de huelga colectiva, que supone el derecho de asociación. La revolución francesa, que como un corcel impaciente despidió de su lomo los privilegios monárquicos y eclesiásticos que nos oprimían tan sólo con el peso de las cosas muertas, se quedó a mitad de camino. Sacudió el yugo aristocrático y político, pero no el yugo económico, el más despiadado de todos los yugos. Volcó el peso de las coronas y de las mitras, pero no pudo volcar el peso del oro, metal pesado que baja al fondo de las conciencias y una losa de oro nos aplasta todavía. La Constituyente prohibió a los obreros asociarse, y bajo ella la fiesta de hoy sería disuelta a tiros y a sablazos. Lentamente hemos conquistado, en los países que se llaman civilizados y no son en realidad sino menos bárbaros que los otros, los derechos de asociación y de huelga; no los perdamos, porque son preciosos; si no los tuviéramos, sería nuestro deber el tomarlos. No hay pues huelgas injustas. Solamente hay huelgas torpes.