El dolor paraguayo
El dolor paraguayo La huelga torpe es la que hace retroceder al obrero en vez de hacerle avanzar. La que se resuelve en derrota en vez de resolverse en victoria. La que hace que los siervos devuelvan a la horca el flaco cuello para poder seguir arrastrando su existencia miserable. Ninguna huelga debe declararse mientras no esté organizada en vista de una larga resistencia. A vosotros os ayudan la suavidad del clima y los recursos del suelo, pero no excuséis una fuerte organización. Sería locura negar lo que han conseguido las huelgas bien organizadas. Cada progreso de la clase trabajadora tiene su origen en una huelga. Sin las huelgas formidables que pusieron en peligro a las grandes compañías, jamás, por ejemplo, hubieran arrancado al gobierno los mineros franceses las jornadas de ocho horas. La energía esencial de un gremio que declara la huelga reside en la solidaridad con otros gremios que declararán también la huelga si no se hace pronta justicia a las reclamaciones del primero. Una confederación con reservas suficientes a sostener un paro general de una semana se lo lleva todo por delante. Es que no tenéis más que retiraros un momento para que la sociedad se desplome. ¿Qué puede lograr el capital si no lo oxigena continuamente el trabajo? Todo el oro del universo no bastaría para comprar una migaja de pan el día en que ningún panadero quiera hacer pan, mientras que para hacer pan no hace falta oro, porque aquí está la sagrada tierra que no se cansará nunca de ofrecer el oro de sus trigos maduros a la actividad de nuestros brazos. Y este es el premio de tantos miles de años de servidumbre bañada en lágrimas y en sangre; vosotros y sólo vosotros, sois los árbitros del destino. ¡Vuestra presencia, oh manos humildes que todo lo ejecutan, es la condición indispensable de la vida!