El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Extraordinario es que se discuta aún la legitimidad de la huelga. La huelga es un procedimiento omnipotente pero pacÃfico; su carácter es provisorio. La huelga concluye cuando el capitalista —y entiendo también aquà por capitalista al propietario de tierras— cede a la equidad y alivia la suerte de los asalariados. Aunque la riqueza no cambie de distribución y de forma, empresa venidera, es preciso que el capitalista se persuada de que el operario no es su esclavo, sino un socio y un socio más respetable que él. Es preciso que renuncie a la cómoda teorÃa del salario mÃnimo y a figurarse que con matar malamente el hambre y la sed puede un ser humano darse por satisfecho. Hoy los hombres aspiran a que se les trate un poco mejor que a los perros. ¡Y esto es una subversión, un delito! ¡Ah!, no son los principios de orden lo que los poderosos defienden, sino sus apetitos y sus pasiones. No defienden las ideas, sino el vientre. El obrero tiene derecho a fiscalizar el negocio en que trabaja, y a exigir su parte en las ganancias del capitalista. «Pero yo me puedo arruinar —dice el capitalista—, y tú no. Mi parte ha de ser mayor. ¡Qué ventaja la mÃa —contestará el obrero, obrero manual o inventor—, qué ventaja la de no poderme arruinar! No me puedo arruinar porque ya estoy arruinado. Me has arruinado tú. Cuanto posees es mÃo. Yo he levantado tus edificios, he fabricado tus máquinas, he arado tus tierras y rascado tu oro con mis uñas a las entrañas de la roca». ¿Será censurable en los trabajadores el emplear la simple abstinencia, la huelga, para mejorar su triste situación, cuando los diplomáticos y los banqueros emplean para dirimir sus cuestiones la práctica del asesinato? Porque la guerra es la práctica del asesinato. Se pretende con ella labrar la prosperidad de una patria, a expensas de la de otra. ¿Pero en qué patria de ambos hemisferios no habrá una innumerable multitud de infelices, desheredados y explotados? Estos explotados forman por toda la superficie del planeta una inmensa patria dolorosa. Lo que urge es la prosperidad de esta gran patria y no la de las patrias chicas. Vuestros verdaderos compatriotas y hermanos no son vuestros patronos ni vuestros jefes, sino el obrero de Londres, San Petersburgo y Nueva York.