El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Ahora las ruedas del vapor baten el río acompasadamente. El cielo me parece enorme recién lavado. Los ríos son de un gris pizarra purísimo, lustroso, traslúcido. El pensamiento no se estrella contra las paredes del cuarto, ni contra las paredes de la calle, cubiertas de pintura sucia. Las ideas pueden acompañar a los ojos. El alma no se siente prisionera de la civilización. Un placer vasto me invade al considerar que la ancha corriente baja al océano con la misma soberana impasibilidad que si el hombre no hubiera existido nunca, y que los bosques agazapados a las orillas no fueron plantados por manos nuestras. La brisa acaricia mi frente, una brisa igual, sostenida; marchamos; oigo la respiración atormentada de los cilindros. Bajo mis pies hay un pequeño infierno, un grupo de condenados, medio desnudos, untados de grasa y de sudor, trabajando en un ambiente que me asfixiaría; son ellos, y no la máquina, los que empujan sin tocarme, los que me dan esta brisa deliciosa y este paisaje que desfila suavemente y esta sensación de libertad. A proa, acurrucado sobre una cadena que pinzan sus dedos de bronce, veo a uno de los esclavos. Veo su cabeza redonda, la lana de su cabello africano, los bíceps que remaban en las galeras de los reyes católicos, la nuca corta, pedazo de fuste, propia para el yugo. El esclavo canta, su mirada me descubre y una impresión de desprecio y de alegría siniestra sube como una oleada de sangre a su rostro coriáceo.