El dolor paraguayo
El dolor paraguayo La tarde. Rasgamos silenciosamente la trémula muselina líquida. El ocaso se desmaya a lo largo de la ribera. Un mbiguá[9], cuchillo con alas, hiende horizontalmente el aire. La noche desciende del firmamento, hasta tocar la noche que sube desde el fondo de la tierra. Las estrellas despiertan una a una; sus imágenes palpitan bajo la onda como pálidas llamas. La masa del matorral americano pone en el espejo estremecido una negrura tétrica. Aguas negras, de un negro reluciente y aceitoso, de un negro lúgubre y cóncavo, a cuya margen misteriosa llega la ondulación de nuestra estela, arrancándole un reflejo metálico negro suntuoso y fatídico; aguas negras, encubridoras de serpientes, de ahogados con una piedra al cuello. Y esa negrura me penetra, me insinúa su frialdad de ultratumba. Y he aquí que la muerte me toca otra vez el hombro con el dedo, y me murmura al oído sus palabras familiares y horribles. Un suspiro de espectro mueve vagamente la atmósfera, y me parece que la naturaleza entera sufre la angustia de una pesadilla sin nombre.