El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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He estado a punto de cazar un tigre. Se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Éramos cinco hombres, armados hasta los dientes. Me parecían pocas las nueve balas de mi winchester. Al caer de la tarde llegamos a los dominios de la fiera: la curva y baja orilla del Manduvirá; una playa de blanca y apretada arena, donde los cascos de los caballos se hundían sin ruido; a cien metros, el monte inextricable, una capa de maleza y de árboles chatos, cuyas raíces desnudas y pulidas por las crecientes se retorcían entrelazándose como los huesos de un desenterrado ejército y la sombra sigilosa, helada de aquellos escondrijos inexplorables se destacaba sobre la palidez del suelo que pisábamos lentamente. Una soledad, un silencio fúnebres. Ni un zumbar de insecto, ni un grito de ave. Marchábamos con los ojos en tierra, escudriñando rastros posibles. De pronto F. se detiene, y nos muestra huellas recientes, profundas, que se me antojaron enormes; allí estaban las garras del animal, las uñas clavadas en abanico; un estremecimiento nos sacude, callamos, y al fin L, exclama:

—¡Sí son los perros!





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