El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Efectivamente, eran los pasos de nuestros perros. Suspiramos alegremente, y seguimos adelante. Nos metemos entre los macizos, rodeamos el matorral. Nada. Un peón se deja ir abajo, y nos hace seña. Alto. El corazón se nos sale por la boca. El peón acecha, arma su escopeta, se agacha, se desliza semejante a un gato montés. No respiramos, el dedo en el gatillo. El hombre de la naturaleza ve lo que no vemos y oye lo que no oímos; avanza; sólo él adivina las pupilas fosforescentes del felino; sólo él sabe. ¿Pero qué? El hombre de la naturaleza vuelve a su montado, pronunciando palabras que no comprendo.
—¿Qué hay? —pregunto a L.
—Poca cosa. Un pato que ese zonzo quería acertar.