El dolor paraguayo
El dolor paraguayo El retorno. Un celaje imaginado por las hadas. La noche magnífica, dorando el borde de su manto en la llama moribunda del sol. El bañado sin fin. De lejos en lejos las palmas suben derechas y cilíndricas, abriendo en el aire sus manos inmóviles. Los juncos lívidos, forman un mar inmenso en que nos sumergimos hasta la cintura; los caballos desaparecen casi; golpean con sus patas el fondo invisible, encharcado por las recientes lluvias; no se creería que caminan, sino que nadan y que debajo de nosotros yace el abismo amenazador. No hay luna. Los astros altísimos encienden sus mil luces húmedas, y en torno nuestro encienden las suyas los insectos enamorados. Una gran voz incansable, una gran plegaria, un gran lamento vago asciende al cielo, todas las voces y gemidos y susurros de la vida; el sapo lanza su silbido misterioso, su aviso que no entiendo, que quizá me llama a la tiniebla donde se engendra lo horrible. El silbido se va quedando atrás, y de repente suena a mi lado. El mundo se liquida, todos los contornos se funden. No distingo ya a mis compañeros. Estoy completamente solo en el infinito; me siento absorbido por las fuerzas y los instintos de la realidad impenetrable. Deseo reclinarme en el suave mar de los juncos, tocar el fresco lodo donde los sapos silban y dormir, como un centauro agobiado de fatiga, el más largo e inerte de los sueños.
[Los Sucesos, 15 de Enero de 1907]