El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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El sol. El aire arde como una llama invisible. Entre la tierra calcinada y las zarzas secas, sedientas, hierven los insectos. Todo está blanco, de un blanco implacable de metal en fundición. La temperatura, de puro excesiva, apenas se siente. Un aturdimiento, una impresión de que pesamos el doble, de que nos hundimos en una hoguera que no nos consume porque no somos quizás más que cenizas. Imposible pensar. Caminamos empujados por el impalpable aliento del horno. El sol: estamos dentro del sol.

Llegamos a un ancho pozo, anegado de un líquido de color de leche sucia. ¡Agua! Vivimos. Al lado del pozo lava sus harapos una vieja. Su rostro es negro, sus manos también. Carbón. Ni nos mira; pero le gritamos y nos da una lata donde bebemos con los ojos cerrados, deliciosamente. En uno de los viajes, trae la lata una ágil cinta verde y roja, que se retuerce y nada y se pega al borde en anillos brillantes. Es la más ponzoñosa de las víboras, la más pequeña y graciosa; el ñandurie, para cuya picadura no hay remedio. Su elegante cabecita se yergue y se petrifica un momento, semejante a un ágata esmaltada de oro. Su lengua ahorquillada, fina al igual de las antenas de la mariposa, asoma rápida. Joya ligera de la creación, doblemente bella por el poder de la muerte, contemplamos al reptil sin atrevernos a respirar…


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