El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Y de pronto Celé, el más taciturno y feo de nuestros peones, el de la cara tosca y rígida, el de las hondas órbitas ensombrecidas por cejas salvajes, el de la mirada glauca y divergente, se acerca con su paso de siervo insensible, y alargando sus dedos encallecidos, agarra la víbora con gesto indiferente y seguro. Un estremecimiento de horror en nosotros, ante el suicida que aprieta el gatillo… Y la delicada serpiente se enrosca en los dedos encallecidos y la elegante cabecita mortal se reclina amorosamente sobre la carne del siervo… y Celé, con voz sorda, lenta, igual, murmura:

—No muerde… Cuando no la veo, tengo miedo… Cuando la veo, no tengo miedo…

Celé ha guardado su ñandurie bajo el sombrero de anchas alas y continuamos la marcha candente, fulminada de sol.

[Los Sucesos, 15 de Enero de 1907]






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