El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Baile nocturno, en un rancho. A uno de los gruesos postes que sostienen el techado de paja han colgado un farol que humea. Sobre el césped, mujeres sentadas, con botellas de caña delante, y un cabo de vela encendido. Entro en el aposento casi a obscuras, donde las parejas surgen y se vuelcan como espectros; fuera, bajo los árboles, una música estridente y bárbara, que perfora el oído y el corazón. Los pies desnudos frotan la tierra, y dos cabezas pegadas, dos bustos incrustados uno en otro desfilan a instantes bajo el fulgor de la triste lámpara, y se sumergen otra vez en la penumbra. La hembra, aplastada contra el pecho del macho, parece dormir; el hombre muestra su faz de bronce, cuajada de una gravedad fúnebre; el sudor desciende en amplias gotas por su cabello metálico. Faz de Cristo ajusticiado. Pasa un joven lampiño, de mechón sobre la oreja, chambergo torcido y abanico al puño. Sus pupilas de cristal relucen y sus labios se rizan en una sonrisa infame. Lleva prisionera una arpía descarnada, de rasgos de mono, cuyo pelo ralo, untado de aceite, se pega al hueso. Y después, de frente, avanza un anciano colosal. Su poncho me oculta a quien va envuelta entre los largos flecos; la distingo después, acostada en los robustos brazos del pirata. La frente estrecha y pura resplandece en la sombra; claridad suave, balanceada por el oleaje humano. El oleaje me la torna a intervalos y admiro los ojos inocentes, la boca inmaculada en medio del hedor nauseabundo de los cuerpos en celo. Y vuelve más tarde y vuelve, como una aparición celeste y la pierdo y la encuentro y se marcha para siempre, en la onda incierta del baile; se marcha la cabellera pálida, se marcha la blusa blanca, que estruja por la mitad una garra velluda.


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