El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Media hora más, y será de noche. La campiña, delante de mí, sube levemente; allá, una lejana ondulación extiende, bajo la faja obscura del celaje, su larga pincelada azul. Todo se va apagando. El verde de la llana y jugosa vegetación recorta sus mil siluetas inmóviles y ensombrecidas. Ahora el tabique de las nubes densas se resquebraja, y una sinuosa línea de fuego, resplandor del ocaso oculto, cruza el ancho horizonte. Carobení acuesta su laborioso rancherío bajo la vaga tiniebla. Pero arriba, muy arriba en el cielo fantástico, brillan de repente destellos de plata. El moiré de una blanca seda luminosa palpita en el espacio. El aire lleva dulzuras de leche. Es la luna, la suave y pálida aurora de la luna, el ensueño que se eleva sobre la fatiga humilde de la jornada concluida. Oigo cerca de mí el preludiar tembloroso de una guitarra. En el sosiego nocturno, la poesía visita el corazón de los hombres.

Una voz varonil, exenta de la vanidad italiana, de la complacencia sonora y teatral. Esa voz no se escucha a sí propia. Es una voz panteísta. Un gangueo que se pierde entre las cuerdas arañadas, un suspiro ritmado. Dos tonalidades monótonas. El turno idéntico de la ola y la resaca. El sonido del viento cansado, del agua pobre. Los ruidos confusos de la vida miserable y rústica.


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