El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Existe una política fecunda; no hacer política; una manera eficaz de conseguir el poder: huir del poder y trabajar en casa. Un grupo de personas que no han traído a la ciencia una verdad nueva ni al arte ni a la moral una modalidad nueva de nuestras emociones, es impotente; de la nada, nada se saca. Gobernar es distribuir y redistribuir lo viejo por los viejos canales. Única labor útil: componerlos, construir otros, enriquecer y purificar el líquido circulante. ¿Es posible eso desde arriba? Nunca. El tabique del oficinismo y de la adulación oficial es imperforable; la savia viene de abajo, de las raíces. No nos ocupemos de política, sembremos nuestro campo y no llamemos a las puertas doradas. La vida nacional nacerá en nuestro cerebro y en nuestras manos y no en las mesas polvorientas y los expedientes apolillados de los escritorios a presupuesto. Nos olvidaremos de la política; continuará tal vez visible, como una cáscara flotante, mas sólo alcanzará la influencia de una asociación parcial y parsimoniosa: la política será un club extenso, una masonería seminofensiva, lo que es en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Bélgica, en Suiza, en los países habitables. Al aislarla, al volverle la espalda, la política se marchitará para siempre y recobraremos el timón de nuestros destinos. Somos dueños de desviar las corrientes vitales, de conseguir que rieguen y fructifiquen nuestra huerta y no el vacío desierto de las ambiciones borgianas. Hagámoslo.