El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Las autoridades no son verdaderamente lo que deberían ser. De ellas suele partir el desorden y el peligro. A veces es necesario un motín para restablecer el orden. Mas al hablar de autoridades no nos referimos, por desgracia, a las cabezas. Se trata de esa cadena de jefes menores, medianos, mediocres, chicos e ínfimos, cadena en que cada eslabón estira y es estirado, en que cada cual es subalterno y superior, es atormentado y atormenta. Y a medida que se desciende por la escala sombría, se ve multiplicada la crueldad. Recuérdese el caso del sargento cuyo martirio fue denunciado por el mismo órgano que ha sabido revelar todos los detalles del caso Jacks. Son los que sufren los que con mayor delicia hacen sufrir. Son los castigados los que con mayor saña castigan. Son los esclavos los que se vuelven más temibles negreros. Los bajos esbirros que ejecutan indignidades con infelices presos son los que, desde que nacieron quizá, han devorado la abyección injusta de la servidumbre y han respirado el dolor con el aire y no han podido separar de la luz del día un sentimiento de humillación ignominiosa. Devuelven, en un espasmo desesperado, los palos que han recibido, los salivazos que han limpiado, mudos, en su rostro inerte.