El dolor paraguayo

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PEQUEÑECES TERRIBLES

El otro día tuve ocasión de dar una vuelta por el lado de Lambaré. Era muy temprano; la mañana purísima abrillantaba todas las bellezas del paisaje plácido, menudo, lleno de ondulaciones y de caprichos, jardín natural, bosque donde quizá se disimulaba la mano ingeniosa de un horticultor contento.

¡Y el paisaje mentía!

En el ancho camino rojo me cruzaba con caravanas de mujeres, unas sobre asnos, y otras a pie; llevaban legumbres, frutas y leche al mercado de la capital.

Sus caras serias, casi tristes, eran la nota grave en aquel cuadro sonriente de la naturaleza. Las plantas, los insectos, el aire y la luz mismos estaban alegres, pero la humanidad no. El universo, radiante de juventud, parecía recién hecho. Solamente lo humano estaba ya marchito.

Me detuve a descansar en casa de la señora de A… La confié mis impresiones del camino.

—Esas mujeres que usted ha observado tienen miedo, me respondió. Sobre todo las vendedoras de leche.

—¿Por qué?

—Yo suelo enviar leche de mis vacas a mis parientes de la Asunción. Pues bien, mi sirvienta, a estas horas estará temblando; la pobre me ha confesado que no puede ni hablar, y que se orina de susto.

—Pero ¿por qué?


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