El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Si gobernar se redujera a cumplir las leyes, ¿qué distinguiría a unos partidos de otros? El que se encarama al poder no está dispuesto a sacrificar su persona en el régimen abstracto de la justicia; no está dispuesto a renunciar las iniciativas que sirvieron a su ambición. Sus amores y sus odios se robustecerán en medida de la nueva fuerza disponible. Necesita mandar, dictar las órdenes que se le ocurren a él mismo, no a los reglamentos; anhela afirmarse, demostrar que sigue existiendo, que no es una razón, sino un hombre. Apenas gobierna, comprende la imposibilidad de aumentar el bien de los gobernados. Incapaz de hacerlos felices, no le resta más medio de acción que hacerlos sufrir. El instrumento de gobierno es el sable. El filo contra los enemigos de fuera; el plano contra los amigos de dentro. El sable no ha de quedar ocioso. El órgano no ha de atrofiarse. Conviene, cuando la guerra exterior no satisface la ferocidad colectiva y la sed de gloria despótica, una tranquila guerra doméstica, la de la policía contra los detenidos sin rentas, los vagabundos, los pobres, los hambrientos desarmados. Conviene continuar escribiendo sobre las espaldas desarrolladas la leyenda sangrienta del heroísmo nacional.





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