El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Y esta concepción sencilla del mecanismo del gobierno no es solamente concepción de los de arriba, sino de los de abajo. Si el jefe encuentra natural azotar al peón, el peón encuentra natural que lo azoten. «Para eso es jefe», murmura. Un profundo instinto le advierte que la constitución y el código son máscaras, pretextos administrativos para multiplicar carreras y empleos. Sabe que no es la letra ni los conceptos lo que rige el mundo, sino los eternos instintos fundamentales de nuestra animalidad. Convencido de que los palos que le pegan son esencialmente humanos, los acepta en silencio.

Tal vez nosotros estemos de acuerdo. Tal vez, ya que florece en todas partes, sea el hábito del tormento inherente a nuestra naturaleza. Entonces, ¿por qué nos ocultamos? ¿Por qué nos encerramos con nuestras víctimas, y las amordazamos? Hubo una época en que el tormento no se escondía, ni se avergonzaba; en que era legal y se ejecutaba ante el pueblo y ante los reyes. La sociedad era sana y armoniosa. Nosotros vivimos en la duda y en el remordimiento. Hemos añadido a nuestras miserias la de la contrición impotente.

[Los Sucesos, 29 de Enero de 1907]


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