El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Pero digo mal: la Argentina no merece palabras tan duras. ¡Pobre pueblo argentino! Amemos a los pueblos, aborrezcamos a los gobiernos. No: los soldados argentinos no odiaban a aquellos esqueletos ambulantes, a aquellos espectros del heroísmo que vagaban sobre las ruinas de su patria. Los soldados se baten fuera de su país por ignorancia y por miedo. No hubo más que ignorancia y miedo en los que se embarcaban para ser sacrificados en Cuba y Filipinas, no hay más que ignorancia y miedo en los esclavos franceses que se embarcan hoy para fusilar moros a la voz de mando.
Vergüenza sí para los gobiernos, para los jefes. Vergüenza para los diputados de la cámara argentina que evocan con orgullo hazañas de salvajes y se atreven a decir que la guerra del Paraguay se hizo «con hidalguía y humanitarismo», que fue «obra redentora, libertadora». ¿Humanitarismo en el aniquilamiento de una raza? Aquí no se trajo la libertad, sino la muerte. ¿A quién se ha dado la libertad, oh «hermanos» generosos? ¿A un montón de cadáveres?
Farsa siniestra.
¡Y todavía habría que agradecer esa diplomática, esa habilísima devolución de trofeos! ¡Habría que agradecer que se abrieran las heridas dolorosas del pasado y que se removieran las cenizas de los mártires!