El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡Oh buen BenÃtez! Tal vez creÃste en la Constitución, Yo no seré tan cándido. No sacaré argumentos de nuestra deliciosa carta fundamental. SerÃa mucha petulancia exigir que se cumplan las leyes en el Paraguay, cuando jamás se cumplieron en lugar alguno de la tierra. No citaré artÃculos, ni repetiré lo que ciertos románticos exclaman: que la ley de residencia es la vergüenza de la América latina. Vergüenza no; torpeza sÃ. ¿Acaso hace falta a los gobiernos una ley cuando quieren despedir o suprimir a los ciudadanos que estorban? ¿Acaso, para torturar a los presos, ha hecho falta en España, en Rusia y en TurquÃa una ley de tortura?
No; no gesticulemos contra la vil realidad en que es preciso vivir y a la cual, ¡ay!, es preciso amar. Estudiémosla. No veamos crÃmenes en el mundo, sino hechos. Acerquemos el ojo al microscopio, y no empañemos el cristal con lágrimas inútiles.
Es curioso el caso BenÃtez. BenÃtez aterra al Estado. BenÃtez es un agitador peligroso. Peligroso no es para la humanidad, sino para el Estado, es decir para el dinero de los que lo tienen. BenÃtez es enemigo del oro. Opina que está mal distribuido, procura difundir pensamientos que le parecen felices y se alegra de encontrar quien se asocie con él y le ayude. BenÃtez es anarquista, y el Estado, que es el oro, persigue y aplasta a BenÃtez.