El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Que esto pase en la Argentina, donde hay oro, se explica aunque el terror del Estado llegue al ridículo de proclamar leyes ad hoc que relegan la flamante república a la sucia Edad Media. Al fin un Benítez no está solo en Buenos Aires; está ligado a una secta poderosa, creada por el mismo terror oficial, ese terror torpe que se figura vencer con la crueldad y que alza al cielo crispadas manos avarientas en quienes caerá el rayo. Los más feroces atentados se verificarán en la ribera del Plata.

Si es ridículo el exceso de terror en la Argentina, ¿qué será en Asunción? ¿A quién amenaza aquí el buen Benítez? Aquí no hay oro. Hace reír el espanto del Estado al aparecer Benítez. ¡Cuánta angustia, cuánto rigor, cuánto celo! ¿Y todo para proteger a quién?

Violar la constitución no tiene nada de particular, pero violarla dando espectáculo tan cómico no es cosa de todos los días.

Benítez, ante el Estado argentino, era un hombre. En el Paraguay es una sombra. Inofensiva sombra errante, quizá enamorada de la tierra donde se formó y a la cual regresaba con esperanzas de paz. Y la sombra llenó de miedo al Estado. ¡Pobre Benítez! Expulsado de la república porteña, hubiera hallado hospitalidad en cualquier pueblo. Pero se le ocurrió desembarcar en su patria, y esto lo ha perdido.


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