El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Porque no duele la violencia tan sólo, sino el alma que acompaña a la violencia. Hubo un tiempo en que la violencia era natural en las relaciones humanas. Era un modo corriente de entenderse y de obrar. Se vivía en la guerra y de la guerra. Se tenía la piel más dura, la carne más correosa. Se hablaba y hasta se amaba a golpes. No creáis que bajo esa áspera superficie faltaban las corrientes vitales de la abnegación y de la ternura. No son siempre los padres que más castigan a sus hijos los que menos los quieren. La violencia solía estar unida a la generosidad y en vez de odio criaba respeto. Era el instrumento de grandes concepciones y de heroicas empresas. Hoy ha cambiado profundamente nuestra concepción del mundo. La violencia presente, y sobre todo la violencia policíaca, responde a lo más mezquino, caduco, torpe y despreciable de nuestros instintos.
Por eso, los que desean el bienestar de nuestro pequeño rincón no protestan de la violencia misma tanto como del insolente desdén que se tiene a las gentes indefensas y desheredadas, a los campesinos descalzos arreados a las comisarías, a las infelices mujeres brutalizadas, que no encuentran piedad aunque lleven en brazos sus niños desnudos.
Por eso, por mucho que lamentemos el «crimen», lo preferimos a la ignominiosa resignación.