El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Llego del campo donde reina el terror. Los campesinos, pobres bestias asustadas, se refugian en los montes, apenas se sospecha que el Gobierno piensa ocuparse del distrito y las mujeres descalzas, medio desnudas, madrecitas tristes con sus flacas crías a cuestas, caminan por los polvorientos, los interminables senderos, caminan, blancos espectros del hambre, a traer al macho perseguido algo que roer.
En la capital reina el terror. Aquí las madres, las hembras tristes, llaman a las puertas de las prisiones, temblando al oír la fúnebre respuesta: «Se lo han llevado ya». Y por todas partes la amenaza de espionaje, la recomendación sigilosa: «Cállese Ud., no diga nada, no hable, no se pierda».
Es que en el Gobierno reina el terror y no hay cosa tan cruel como el miedo, cuando tiene el miedo las armas en la mano. El terror del Gobierno, hermano del terror que sentía el doctor Francia y los López, ve un conspirador en cada ciudadano libre y sorprende complots en que han entrado a la vez el doctor Audibert, el médico Romero Pereira y José Bertotto[34]. ¡Ay! Si fuéramos a escuchar al Gobierno, todo el país estaría en contra suya, incapaz de sufrirlo al cabo de tres meses. No, no existe semejante unanimidad, no hay, tranquilizaos, opinión pública. No hay más que terror.
Pero he aquí que yo no tengo terror. Yo hablaré.
