El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Mientras tanto, está sobre el mostrador, ofrecida al zarpazo del agente yerbatero. En el Paraguay no es necesario aguardar como en la India, a que el hambre o la peste abarate la acémila humana. El raccoleur de la Industrial examina la presa, la mide y la cata, calculando el vigor de sus músculos y el tiempo que resistirá. La engaña —cosa fácil—, la seduce. Pinta el infierno con colores de El Dorado. Ajusta el anticipo, pagadero a veces en mercadería acaparada por la empresa, estafándose así al peón aun antes de contratarle. Por fin el trato se cierra. El enterrador ha conquistado a su cliente.
Y todo con las formalidades de un ingreso en presidio. El juez asesora la esclavitud. Véanse los formularios impresos de la Industrial y de la Matte Larangeira. En Posadas y Villa Encamación, importantes mercados de blancos, hay instaladas oficinas antropométricas al servido de los empresarios, como si la selva no fuera suficiente para aniquilar toda esperanza de fuga.