El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡Ay!, ¿y las delicias menudas? El yarará, víbora rapidísima y mortal; las escolopendras y los alacranes que caen del techo; el cui, pique imperceptible que abrasa la epidermis; el yate’í pytá, garrapata colorada que produce llagas incurables; la ura de los yerbales, mosca grande y velluda, cuyos huevos, abandonados sobre las ropas, se desarrollan en el sudor y crían bajo la piel vermes enormes que devoran el músculo; la legión terrible de los mosquitos, desde el ñati’u-cabayú al mbarigüi y al mbigüí microscópico que se levanta en nubes de los charcos y provoca accesos de locura en los infelices privados hasta del leve bálsamo del sueño… Comprenderéis que el mosquitero es demasiado caro para el esclavo de los yerbales; es el negrero financista de la capital el que lo usa.
El peón yerbatero ¿con qué intentará consolar sus dolores? ¿La mujer?… En las zonas del norte la Industrial no las permite. En las del sud sí. Por un lado le conviene tener nuevas locas a quienes vender el hediondo engrudo del yopará. Por otro lado le fastidia que el trabajador se distraiga. En unos sitios es negocio traer hembras; en otros no. Las gallinas se prohíben siempre. Pretexto: causan trastornos en las mudanzas de los barbacúas. Motivo real: evitar a toda costa que el siervo goce de propiedad alguna.