El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Pero el «peón viejo» es una rareza. Se suele morir en la mina sin hacerse «viejo». Un día el capataz encuentra acostada su víctima habitual. Se empeña en alzarla a palos y no lo consigue. Se le abandona. Los compañeros van a la faena y el moribundo se queda solo. Está en la selva. Es el empleado de la Industrial, devuelto diabólicamente por la esclavitud a la vida salvaje. ¡Grita, miserable! Nadie te oirá. Para ti no hay socorro. Expirarás sin una mano que apriete la tuya, sin un testigo. ¡Solo, solo, solo! Los reos tienen asistencia médica y antes de subir al patíbulo se les ofrece un vaso de vino y un cura. Tú no eres ¡ay!, un criminal; no eres más que un obrero. Expirarás en la soledad de la selva como una alimaña herida.

Desde la guerra, 30 o 40 mil paraguayos han sido beneficiados y aniquilados así en los yerbales de las tres naciones. En cuanto a los que actualmente sufren el yugo, ya muchos de ellos menores, según expliqué, un dato será suficiente a pintar su estado. Son muy inferiores a los indios en inteligencia, energía, sentimientos de dignidad y bajo cualquier aspecto que se les considere. He aquí lo que las Empresas yerbateras han hecho de la raza blanca.

Entremos ahora en lo monstruoso: el tormento y el asesinato.

[El Diario, 23 de Junio de 1908]


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