El dolor paraguayo
El dolor paraguayo «Aquà no hay más Dios que yo» —dice al nuevo peón una vez por todas el capataz. Y si no bastara el rebenque para demostrarlo, lo demostrarÃa el revólver del mayordomo. En el yerbal no se habla, se pega.
Cuando en plena capital la policÃa tortura a los presos por «amor al arte». ¿Creéis posible que no se torture al esclavo en la selva, donde no hay otro testigo que la naturaleza idiota y donde las autoridades nacionales ofician de verdugos, puestas como están al servicio de la codicia más vil y más desenfrenada?
¡Camina, trajina, suda y sangra, carne maldita! ¿Qué importa que caigas extenuada y mueras como la vieja res a orillas del pantano? Eres barata y se te encuentra en todas partes. ¡Ay de ti si te rebelas, si te yergues en un espasmo de protesta! ¡Ay del asno que se olvida un momento de ser un asno!
Entonces, al hambre, a la fatiga, a la fiebre, al mortal desaliento se añadirá el azote, la tortura con su complicado y siniestro material. ConocÃais la inquisición polÃtica y la inquisición religiosa. Conoced ahora la más infame, la inquisición del oro.