El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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¿Por qué, entonces, nos conmueve la voz de Isaías: «el que construya una casa la habitará; el que plante un árbol comerá su fruto»? Este beduino no habla con la precisión de Engels, pero le entendemos muy bien. Entendemos a Epicuro cuando se entretiene en probar a los griegos que un esclavo es un hombre. ¿Tanta distancia hay del «dadlo todo» de Jesús al «todo es de todos» de los modernos agitadores? San Pablo dijo: «el que no trabaja que no coma», y lo repiten hoy los trabajadores hambrientos a todos los que comen sin trabajar. «Tuyo y mío… ¡qué palabras de hielo!», clama el Crisóstomo, y añade: «el rico es un salteador». «La propiedad es un robo» contesta diecisiete siglos más tarde el eco de Proudhon. Y el famoso apostrofe de Tiberio Graco a los patricios, ¿no es de actualidad, no es propio de un Hervé? Oíd: «Las bestias feroces que discurren por los bosques de Italia tiene cada una su guarida y su cueva, en tanto que quienes pelean y mueren por la Italia carecen de techos y de hogares; andan errantes por los campos, con sus mujeres y sus hijos; y sus caudillos no dicen la verdad cuando en los campos de batalla les exhortan a combatir contra sus enemigos, por su patria, sus aras y los sepulcros de sus mayores, porque, de un gran número de romanos, ninguno tiene aras ni sepulcros de sus mayores, sino que por la riqueza y el regalo ajenos combaten y mueren y cuando se les dice señores de toda la tierra, no tienen ni un pedazo que sea de su propiedad». ¿A qué seguir? El doctor Ritter, con una imparcialidad digna de elogio, nos presenta una larga serie de ejemplos por el estilo, debidos a filósofos, a moralistas y a la agudeza popular de todos los tiempos, y, mal que le pese, no consigue sino convencernos de la solidaridad histórica de los miserables.


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