El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Cuando el jefe salvaje se hizo propietario de los rebaños del enemigo y de campos más fértiles, sustituyó el canibalismo por la esclavitud; cuando los judíos concluyeron de vagar por el desierto y reposando en la tierra de Canaán se hicieron propietarios, aparecieron la servidumbre, la miseria y estallaron las maldiciones de los iluminados; cuando el cristianismo llegó al poder, desapareció la pureza de las primeras comunidades; los grandes santos, con el asco en el alma, huyeron a los páramos y a las selvas; el catolicismo, al hacerse propietario, se volvió usurero y verdugo. No seamos formalistas al punto de discutir la sublime unidad de nuestras luchas sólo por no haberse, en tal o cual período, negado de una manera explícita el concepto jurídico de la propiedad y sus excesos. Miremos más alto, más hondo; no tengamos miedo de hacer la realidad demasiado amplia. El principio de propiedad no puede ser justo; el exceso de lo justo no puede ser injusto. La propiedad es una forma de parasitismo; desarrollada o en germen es un veneno que nos debilita, que nos enferma, que nos hará perecer si no lo eliminamos. ¿Qué médico sería el que se conformara con los bacilos de Koch, y se limitara a corregir los excesos de la tuberculosis? Es el sistema de Roosevelt, de los millonarios filántropos —¡tan filántropos y sobre todo tan millonarios!—; el sistema de la inextinguible «raza de víboras», servir a dos amos, podar hipócritamente las ramas del árbol del mal mientras en sigilo se abona y se riega su infame raíz. Mas ¿qué importa? No se ataca, no se circunviene, no se conmina la obra de la propiedad sin herirla en su centro mismo. Espartaco intenta traer por la violencia el «reino de Dios» a este mundo —es decir, una mejor distribución de la riqueza—; Jesús intenta traerlo por la dulzura a los espíritus: «mi reino no es de este mundo», es decir, del mundo de hoy, pero sí del de mañana. ¿Qué es lo espiritual, qué es el cielo, sino la imagen del porvenir, la visión de la felicidad de nuestros hijos? Ante Espartaco y ante Jesús, ante el golpe y ante la plegaria, la propiedad retrocede. Contemplad el inmenso fresco de la historia; ved la propiedad en perpetua retirada ante el trabajo, cediéndole una parte cada vez mayor de bienestar, de inteligencia y de empuje. Desde los esclavos que faenaban bajo el látigo, con grillos en los pies, hasta los obreros modernos, instruidos, altivos, sueltos y ágiles, con la rebeldía metódica en el cerebro y la victoria final en el corazón, ¡qué enorme camino recorrido! ¡Ved la propiedad cercada y oprimida por millones de brazos atléticos, que la asfixian poco a poco! ¡Qué ingratos seríamos con nuestros padres, si al reconocer que su sangre y sus lágrimas son nuestras, no reconociéramos que nuestro triunfo, la aurora que a nuestros ojos despunta es la que como un presentimiento divino acarició sus nobles frentes, levantadas en medio de la noche!