El dolor paraguayo

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Dice el profesor Ritter: —La libertad de trabajo ha sido definitivamente operada por la revolución—. Rectifiquemos. A quien la revolución ha libertado es a la burguesía. Refundió los antiguos privilegios en el de la propiedad, y los trabajadores experimentaron en el acto los efectos de la unificación de los despotismos. Se les prohibió asociarse, y desde 1876 se proclamó algo que no se toleraba antes: la legalidad del interés del dinero. El préstamo se hizo honroso. La venta fue venerada. Los papas empezaron a predicar a sus hijos la codicia. El cínico ideal que se nos inculca en el hogar y en la escuela es el del austero Guizot: «¡enriqueceos, enriqueceos!». La trama de las relaciones sociales está constituida por el despojo recíproco, siempre que se ejecute en el orden marcado por las leyes. Aunque a la larga nunca daña el aniquilamiento de los privilegios, sean los que fueren, es innegable que, por de pronto, los derechos políticos empeoraron la situación de la clase productora. Más tarde, y en una reducida esfera, se utilizaron para obtener la libertad económica, que es la única real, pero su acción específica es lubrificar, regularizar, asegurar el formidable mecanismo de la opresión burguesa. La revolución puso al rico en presencia del pobre, armado el uno hasta los dientes, extenuado y desnudo el otro, y les dijo: «ahora el combate es libre; destrozaos, nadie os lo estorbará». Nuestras legislaciones, tan benévolas con el homicidio, son implacables para los atentados a la propiedad.


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