El dolor paraguayo

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¿Qué se hizo de aquellas hospitalarias, casi patriarcales atenciones a un régimen bárbaro? Hace muchas centurias, sabían los desheredados que cuanta leña pudieran a hombros llevarse del bosque señorial era suya; en ciertos días festivos los príncipes de Italia tenían que abrir sus palacios a la plebe y los de Alemania sentaban a su mesa a los villanos. Los códigos actuales, inspirados en la Roma fósil y redactados con una ferocidad glacial, encierran monstruosidades como esta: «Todas las obras, siembras y plantaciones se presumen hechas por el propietario y a su costa…» (art. 359 del Código Civil español). ¿Y qué diremos de la llamada ley de vagos, que considera la indigencia un delito? Pero hay que ir a las jóvenes repúblicas americanas, tan atónitas de su Constitución que por respeto no la practican jamás, hay que ir a la nación-estómago para encontrar la idolatría del oro convertida en demencia. Los jueces de Buenos Aires han castigado con cuatro años de cárcel a un desventurado que había sustraído un dedal, y con seis a otro que se había apropiado de unos calzones… No obstante las ideas avanzan, hasta entre los que ostentan la librea de su toga. Un magistrado de los Estados Unidos, después de absolver a un mendigo que había robado —era en invierno— un trozo de carbón de los almacenes de una compañía ferroviaria, le advirtió que se abstuviera de robar mientras no se le nombrara miembro del directorio. Magnaud, que honra a la Francia más que todos los políticos juntos, dicta desde el modestísimo tribunal de Chateau Thierry sentencias redentoras que extrañan al mundo. Oíd sus máximas: «La probidad y la delicadeza son dos virtudes infinitamente más fáciles de practicar cuando no le falta a uno nada, que cuando se está desprovisto de todo. —Lo que no puede ser evitado no ha de ser castigado. —Para apreciar con equidad el delito del indigente, el juez debe, por un instante, olvidar el bienestar del que goza, a fin de identificarse, cuanto le sea posible, con la situación lamentable del ser abandonado de todos. —El obrero sólo es quien produce, y quien expone su salud o su vida en provecho exclusivo del patrono, el cual no puede comprometer más que su capital». He aquí un regulador de conflictos sociales que no es un juez, que no es un muñeco siniestro, sino un hombre, es decir, un ser de comprensión y de solidaridad.


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