El dolor paraguayo
El dolor paraguayo No he perdido el tiempo en Villarrica. He conocido a Bernardo. No se anima a decir su apellido «porque es muy feo». ¿Lo sabe él mismo? Trabaja en los obrajes, en las estancias, si quiere y como quiere, cuando necesita dinero, lo que no le ocurre casi nunca. Tiene veinte años. Pasó tres, muy joven, en los yerbales. Su patrón le daba de comer, a peso de oro, carne podrida de burro y de yegua. Resistió el desgraciado a los reumatismos y a las fiebres. No fumaba, no bebía; a fuerza de sobriedad y de orden, pudo arreglar su cuenta y huir. Bernardo es uno de los pocos esclavos que no han dejado los huesos en el Paraná. Ha recorrido después, guitarra a la espalda y canción en la boca, el Paraguay en todos sentidos. Le llaman loco. Lleva la alegría y la libertad a todas partes.
Tiene los ojos negros, chicos, iluminados; le deben de llamar loco porque mira cara a cara, con intensa plenitud. Dientes sólidos, apretados como una barricada; labios largos y movibles; mejilla enjuta; pelo salvaje. Un tórax de gorila y altas piernas. Camiseta y pañuelo al cuello (nada de política), bombachas. El movimiento continuo. Se diría que está siempre dispuesto a volar por los aires.