El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Habla a grandes voces, con carcajadas terribles. Su laringe, de un registro vasto, contiene un mundo de aullidos, de melodías, de rumores sordos, la música de la selva virgen. Es incapaz de distinguir los amos de los sirvientes, los que lucen sacos de los que arrastran poncho. A él —cosa extraordinaria— todos le parecen semejantes. A todos trata igual. Nos interpela con el sombrero puesto, y nos planta en el hombro su zarpa noble, revocada de la roja tierra guaireña.

Entra en las casas y en los ranchos, se sienta tranquilamente. Ríe de los rostros indignados, desarma con sus chistes ingenuos, toca y canta y encanta con su arte primitivo y penetrante. Los niños le adoran. ¿Las mujeres?… Son niños también. Bernardo apenas llegado a un pueblo, es el correo amoroso de las muchachas en noviazgo, y el amante o el novio de las que están desalquiladas. Propio o ajeno. Pasca el amor, un amor tolerante y plácido, sin inquietudes ni celos, un amor que juega y escapa como un pájaro y en su guitarra viaja una poesía irregular y vivificante como el viento. Bernardo es un Lohengrin sin tragedia, una promesa que cruza el cielo. Y las señoritas lánguidas van a charlar con él en la penumbra de las cocinas y de los patios.

Bernardo ignora sus padres. Rebosante de fraternidad bulliciosa, no piensa aún engendrar hijos. La imagen de la china abandonada, harapienta, en medio de sus pequeños, macilentos y sucios, le causa horror.


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