El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Él hará su nido más tarde, cuando no sea tan «loco». Ahora se siente «nuevo» todavía. Bernardo no sospecha que siempre será «nuevo», ¡que nunca envejecerá!

Este bárbaro se adelanta a su siglo. No practica ninguna noción de propiedad. Se alimenta y se viste sin darse cuenta. Lo indispensable a su simple existencia, lo toma, y lo toma sin ocultarse, sonriendo lo mismo que Robinson en la isla. Un estanciero explotaba a Bernardo innoblemente. Bernardo, harto ya, montó en el mejor caballo del establecimiento, y disparó. Era el único medio de salvarse. Cuando se creyó seguro, tiró la montura a una maciega, y largó el animal. Meses después se topa con el dueño, que le amenaza con la cárcel. Bernardo acepta enseguida, porque «nunca había estado allí». Lo mandan a la policía, donde se hace amigo íntimo del jefe, del sargento, de los soldados, por su jovialidad imperturbable, por la humanidad profunda que irradia su cabeza erguida, y los deja a las pocas semanas, desconsolados de su ausencia.

El alma de Bernardo no se ha manchado con la ira, ni con la codicia, ni con la lujuria, ni con el miedo. En ella se reflejan límpidamente los astros y la bondad fugitiva de los hombres. Alma de loco… alma de poeta.

Bernardo me ha comunicado su proyecto de visitar la Asunción,

[Los Sucesos, 2 de Enero de 1907]


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