El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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»Aquellos patronos comprendieron que trataban con hombres».

Las uniones gremiales han alcanzado tal prestigio, que se ha visto en Inglaterra a los obreros del algodón intervenir como árbitros entre los importadores y fabricantes, solucionando el conflicto que se les sometió. Señalemos las generosas iniciativas de los sindicatos, la institución de las «sopas comunistas» y el éxodo de los hijos de los huelguistas a las casas de los trabajadores de otros lugares. Pues bien, tengamos el valor de reconocer que esa potencia, esa especie de autoridad, esa dignificación del proletariado son en parte producidas por la violencia, el boicot, la huelga, las batallas con la policía, el sabotaje, el incendio y la bomba.

¡La bomba! ¡El crimen! Sí; mi sensibilidad se subleva ante el gesto del asesino. Yo concibo sacrificar mi existencia, pero no la ajena. Yo llevo clavada en el alma, como un dardo de luz, la persuasión de que lo esencial no es aplastar los cerebros, sino poblarlos. Y, sin embargo, me pregunto a veces si mi corazón se equivoca, si es necesario quizás a la humanidad, para que siga marchando, como lo era a Beaumanois para seguir combatiendo, beber la propia sangre. Me pregunto con tristeza infinita si es necesario herir y hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de su madre muerta.


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