El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Pero ni siquiera nos es permitido consolarnos con la envidiable situación del operario paraguayo. A las costureras de blanco se le paga en la Asunción tres pesos papel por una docena de camisas de hombre. El comerciante lucra el 500 o 600 por ciento. Harto estoy de escandalizarme del sueldo de los peones de estancia, condenados a la ruda faena del rodeo y del lazo, pasándose días en ayunas y al sol; ¡veinte pesos, ocho francos al mes! Y los obrajes, los quebrachales, los yerbales… He denunciado al público, en 1908, que 15 000 paraguayos son esclavizados, saqueados, torturados y asesinados en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Nadie manifestó el menor afán de verificar los hechos y remediar tanta infamia. Ni el gobierno cívico ni el radical se ocuparon del asunto. ¿Paraguayos esclavizados? ¡Valiente novedad! El patriotismo tiene otros negocios que atender. El único ciudadano —¡ironías de la suerte!— que se dirigía a las autoridades —vanamente—, reclamando ayuda para los parias del Alto Paraná, era… monseñor Bogarín, a quien oí decir en broma una vez: «lo que necesitan aquellos infelices es que les visiten unos cuantos anarquistas». Las publicaciones de Julián Bouvier, desde Posadas, y las mías, decidieron al gabinete argentino a enviar una comisión que examinara los yerbales de Misiones. Más ha de agradecer el proletariado paraguayo a los gobiernos extranjeros que al suyo.


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