El dolor paraguayo

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Los colorados, pues, con el sano propósito de arrojar del Gobierno a los radicales, se habían preparado desde hace muchos meses en su destierro del Brasil y de la Argentina. Las dos grandes naciones creen aún, quizá, que su grandeza nace del rebajamiento ajeno. Y, víctimas de tan noble ilusión, favorecen maternalmente las invasiones subversivas del Paraguay, después de haberlo arrasado en 1869. Con idéntico entusiasmo ayuda hoy la Argentina a los colorados que en 1904 a los cívicos (azules de la primera remesa). De Corrientes pasaron a la próxima orilla partidas armadas, y el 8 se nos presentaron en las estancias veinte infelices, montados en escuálidas cabalgaduras, provistos de fusiles de diferentes marcas, calzando espuela sobre el pie desnudo, y al mando de un apacible labriego que nos habló de humanidad y de regeneración. Por de pronto se llevaron los caballos que quisieron, luego de aturdirnos con las noticias siguientes: que el general Caballero había convenido con todas las potencias la entrega de los azules que asilaran en las legaciones; que el presidente Roca quitaba las armas a los cívicos —que también conspiran— para obsequiar con ellas a los colorados; que pronto un acorazado atacaría a Humaitá, y que dos yanquis fabricaban en Corrientes dinamita sin cesar. La mayor parte de los campesinos de estos contornos huyeron a los montes. Varios se han unido a los revolucionarios, por vengarse de las palizas que reciben de los jefes políticos en tiempo de paz, y otros fueron detenidos y reclutados por fuerza, exactamente lo mismo que si se tratase de defender la patria. Empezaron por matar tres vacas liberales y comérselas. El 14 aparecieron las tropas gubernistas. Ahora son ellos los que se llevan a cada momento los caballos y nuestras reses. Hemos oído, a larga distancia los tiros de Gras y de Máuser: estampidos sordos y lúgubres, semejantes a leves palmaditas en tierra mojada, signos de muerte, empapados como en llanto, por la mañana lluviosa. La noche del 15 fue de terrible tempestad. El huracán arrancaba de los altos árboles los nidos de la primavera. Un diluvio continuo se desplomaba sobre el mundo, al fulgor palpitante de los rayos. Los heridos se desangraban en los esteros, los cadáveres dormían en la hierba, de cara al infinito, las madres sabían que había transcurrido la hora irremediable. Es lo que los estadistas llaman gestar la nacionalidad futura.


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